Procedimiento general en sesión

Las sesiones de este tipo suelen durar entre 50 minutos y una hora. En sus inicios, las personas acudían a hospitales, centros ambulatorios o, en general, al ámbito público de la salud mental. Por ello, el tiempo de sesión se estableció en torno a esos 50 minutos, adaptándose a las necesidades y condiciones de ese contexto.

Esta modalidad fue diseñada por Xavier Serrano, director de la Escuela Española de Terapia Reichiana, junto con otros miembros del colectivo. Fue concebida precisamente para ajustarse a una forma de vivir la vida caracterizada por la necesidad de respuestas más rápidas ante los problemas que experimentaban las personas.

Es una modalidad de terapia que, en la mayoría de los casos y para la mayoría de las estructuras de personalidad, suele tener una duración aproximada de seis meses.

Existen, sin embargo, algunas excepciones, especialmente en los casos con estructura psicótica. En estos procesos, los objetivos que se plantean al inicio de la terapia son generalmente más flexibles y están orientados, ante todo, a establecer un vínculo sólido con el terapeuta, más que a resolver de inmediato una problemática concreta. Esto no significa que las dificultades con las que llega la persona no puedan resolverse. Siempre que exista una valoración adecuada por parte del psicoterapeuta y una comunicación constante, los avances pueden ser significativos y sostenidos en el tiempo.

Con los años de experiencia en la escuela, hemos podido comprobar que existe un formato especialmente adecuado para los pacientes. Se trata de un modelo en el que la persona sabe que hay un principio y un final, y por tanto, confía en que habrá una resolución de su problemática —ya sea que llegue con una dificultad concreta o que se le proponga un objetivo de trabajo desde la propia terapia.

Por las particularidades de la sociedad actual, este tipo de psicoterapia resulta especialmente interesante, ya que ofrece estructura, dirección y un marco temporal definido. No obstante, también existe otra modalidad, la terapia profunda, de la que hablaré en otro artículo.

Como he mencionado antes, la sesión suele durar entre 50 minutos y una hora. Durante este tiempo, hay una primera parte que podríamos llamar, un “tiempo de mesa”, en la que la persona comparte los cambios que ha notado desde la última sesión, así como dificultades, sueños o sensaciones físicas que desee comentar.

Después, el paciente se tumba en un diván, es decir, sobre un colchón semiduro, en posición supina (boca arriba) y con los pies apoyados en el colchón. A partir de ahí, el psicoterapeuta, según su conocimiento y el momento del proceso en el que se encuentre la persona, propone una serie de ejercicios somatopsíquicos.

Estos ejercicios, que constituyen la clave de esta psicoterapia, siguen una lógica precisa: buscan movilizar los distintos segmentos musculares para provocar abreacciones emocionales. Dicho de otro modo, ayudan a que la persona tome conciencia de las emociones reprimidas, comprenda por qué las ha reprimido y pueda transformarse en alguien más flexible, vital y auténtico, con una nueva forma de estar en el mundo.

Mientras la persona realiza los ejercicios, el terapeuta observa atentamente los cambios físicos, la actitud con la que se ejecutan y acompaña emocionalmente al paciente mientras este siente y, en ocasiones, se ve inundado por emociones o sensaciones físicas que no comprende o que no esperaba.

Tras cada ejercicio, se da paso a un tiempo de elaboración, en el que la persona expresa lo que ha sentido, los recuerdos que han emergido, los pensamientos o incluso visualizaciones que hayan aparecido. En este momento, el terapeuta ayuda a dar forma a un discurso, a lo que podríamos llamar el relato del cuerpo, surgido del cambio que se estaba promoviendo a través de los ejercicios somatopsíquicos.

Finalmente, la sesión concluye nuevamente en el espacio de mesa, donde terapeuta y paciente realizan una reflexión conjunta sobre la experiencia vivida durante la sesión, integrando lo trabajado tanto a nivel corporal como emocional.

Y este sería, en esencia, el método que se aplica y la dinámica de cada sesión. Es un trabajo sencillo, alejado de los convencionalismos de las psicoterapias más tradicionales, en las que se pasa casi todo el tiempo hablando y construyendo un discurso verbal. Aquí, además de que exista ese espacio de palabra, se ha desarrollado —tras muchos años de experiencia en la escuela— un método que permite que aquello de lo que se habla también pueda expresarse a través del cuerpo y liberarse desde él.

De este modo, las personas que padecen ansiedad, ira u otras emociones retenidas en el cuerpo tienen la posibilidad no solo de hablar de ellas, sino también de expresarlas físicamente, logrando salir de cada sesión más ligeras, más vacías y con su sistema nervioso más regulado.

A mi juicio, ese debería ser el verdadero objetivo de toda psicoterapia: integrar la palabra y el cuerpo, para devolver a la persona un estado más pleno de coherencia y bienestar. Lamentablemente, no todas las terapias actuales apuntan en esa dirección.

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