De la mirada interiorizada al contacto con la realidad

Este artículo es una elaboración del artículo de Xavier Serrano: VER Y MIRAR EN EL PROCESO TERAPÉUTICO. ANÁLISIS DE UNA RESISTENCIA, publicado en la revista Energía y Carácter.

En el marco de la Vegetoterapia caracteroanalítica, el encuadre terapéutico establece protocolos específicos que trascienden la mera observación clínica. Uno de los pilares fundamentales durante las sesiones es la exigencia de que el sujeto mantenga los ojos abiertos, estableciendo un contacto visual directo y sostenido con un punto referencial en el techo mientras se encuentra en decúbito supino. Esta instrucción técnica, lejos de ser arbitraria, responde a la distinción epistemológica entre la acción de ver y el acto de mirar. La psicología de la forma ya determinó a principios del siglo XX que la percepción visual no es un proceso unitario. Mientras que ver constituye una función pasiva de recepción de estímulos lumínicos, mirar implica una ejecución activa y direccionada. En la mirada reside una dinámica expansiva que proyecta la emocionalidad del sujeto desde el interior hacia el objeto externo. Esta distinción es crítica en el proceso terapéutico, pues la tendencia a cerrar los ojos o a evitar la fijación visual suele operar como un mecanismo de resistencia que debe ser analizado con rigor científico.

El concepto de visión interiorizada describe una tipología de comportamiento visual observable en individuos con una capacidad verbal altamente sofisticada pero disociada. Estos sujetos presentan un discurso coherente, elegante y con una amplia riqueza léxica; sin embargo, su comunicación carece de una referencia externa real. El interlocutor no actúa como un polo de intercambio, sino que el sujeto parece emitir un mensaje dirigido a sí mismo o a un registro interno. En este estado, la palabra deja de ser una función corporal —una expresión de la totalidad del organismo— para convertirse exclusivamente en una función mental y cerebral. Esta desconexión evidencia una escisión entre los procesos intelectivos y la carga afectiva. Al evitar la mirada viva y el contacto visual activo, el individuo filtra su realidad a través de una mediación intelectual, lo cual suele ser el resultado de un aprendizaje adaptativo frente a un entorno temprano percibido como hostil o punitivo.

Desde una perspectiva etiológica, la visión interiorizada se fundamenta en la inhibición de la expresión ante el objeto presional, generalmente las figuras parentales. Si el infante percibe que la manifestación de sus deseos o necesidades —ya sean de naturaleza agresiva o libidinal— conlleva el castigo o la pérdida del vínculo, desarrolla una incapacidad para mirar directamente al objeto. La mirada se retrae para evitar la censura, generando un universo interno activo pero inaccesible para el exterior. Este fenómeno es lo que Wilhelm Reich identificó como el bloqueo afectivo. No se trata de una ausencia de sentimiento, sino de una imposibilidad de movilizar la energía afectiva hacia el otro. La comunicación se reduce a lo verbal, eliminando la participación corporal y visual, lo que genera una somatización de la energía no expresada. Clínicamente, esto se manifiesta en cuadros de ansiedad, taquicardia y sudoración profusa cuando el individuo se ve obligado a comunicar contenidos significativos en entornos sociales donde teme la desaprobación.

Durante el proceso de la Vegetoterapia, esta resistencia se manifiesta con nitidez en la ejecución de los actings o movimientos emocionales. El sujeto tiende a desvincular la experiencia sensorial del contacto con el mundo externo. Es común escuchar la racionalización de que con los ojos cerrados se siente más. No obstante, desde un análisis técnico, este incremento de la sensación suele ser una resistencia que impide la implicación del sentimiento con el objeto que lo origina. Al cerrar los ojos, el paciente puede alcanzar un estado catártico, caracterizado por una descarga afectiva intensa pero desvinclada de la realidad actual y del contexto histórico. La catarsis, en estos términos, resulta clínicamente ineficaz para la resolución de la coraza muscular profunda, ya que no permite la abreacción neuromuscular. Para que una emoción sea transformadora, debe estar ligada a una realidad específica; debe haber una dialéctica entre el sujeto y el estímulo que provoca el miedo, la cólera o el deseo.

La insistencia en mantener la mirada fija en un punto o en el terapeuta busca recuperar la capacidad perdida de enfrentamiento con el objeto. La visión interiorizada, al actuar como un refugio, fomenta lo que se denomina la nostalgia del sentimiento: una vivencia emocional solipsista que recuerda a la conducta del niño que cree que, al no ver, no es visto. El objetivo terapéutico no es el sentir por el mero hecho de sentir —una tendencia que podría derivar en rasgos masoquistas—, sino el sentir la propia realidad. Solo a través de la apertura visual y el contacto con el exterior es posible integrar la carga emocional con la estructura histórica del sujeto, permitiendo una liberación real de las tensiones neuromusculares crónicas.

Existen excepciones técnicas limitadas a esta norma. Durante el abordaje del primer nivel de la coraza muscular (nivel ocular), específicamente al trabajar bloqueos auditivos vinculados a la vida intrauterina o fetal, se permite que el sujeto cierre los ojos. Esto responde a la lógica del desarrollo embrionario, donde los estímulos externos son filtrados por el líquido amniótico y percibidos principalmente a través de la audición. Sin embargo, fuera de esta fase específica que busca conectar con registros arcaicos, la apertura ocular es obligatoria para garantizar la buena marcha del análisis y evitar que el proceso se desvíe hacia un espectáculo de expresiones emocionales vacías de contenido relacional.

La evidencia clínica corrobora la importancia de esta técnica. En casos de pacientes con bloqueos en los segmentos superiores (ojos y boca), la transición de una mirada perdida a una mirada enfocada suele ser el detonante de la verdadera abreacción. Un ejemplo ilustrativo es el de individuos que, bajo una fuerte congoja, intentan evadir la fijación visual. Al ser exhortados a mirar un punto de luz o una referencia externa, la emoción —que hasta entonces era una vaga sensación de malestar— se concreta en una respuesta afectiva específica, como rabia o llanto de abandono, vinculada a experiencias biográficas concretas. Esta conexión permite que lo que antes era una ideología o una racionalización del conflicto, se convierta en una experiencia somática integrada. Al recuperar el contacto con la realidad a través de la mirada, el sujeto deja de ocultar su verdad emocional bajo el filtro intelectual, facilitando la disolución de síntomas físicos y la mejora de su dinámica vincular. En conclusión, la mirada activa en la Vegetoterapia no es solo un requisito técnico, sino la herramienta fundamental para el restablecimiento del contacto energético con el mundo.

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